¡A la puta calle!… Los daños colaterales de un despido

por | Abr, 2015 | Acerca de CarlosDestrada | 0 Comentarios

¡A la puta calle!... Los daños colaterales de un despido por causas objetivas
En cinco minutos, un relato en primera persona. Donde mirarte o saber que ocurre después de un despido por causas objetivas.

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Muy Señor nuestro: La dirección de la empresa pone en su conocimiento que, con fecha de hoy, y al amparo de lo previsto en el art. 52 c) en relación con el 51.1 del Real Decreto Legislativo 1/1995, de 24 de marzo… se procede a la extinción de su contrato de trabajo por… bla, bla, bla…

Impersonal, frío, despectivo. Y sobre todo, nada objetivo.

Cuatro páginas después acababa un ciclo de más de 30 años, en el que la dedicación, por encima de la obligación, constituyó el día a día de una relación siempre desigual.

Las empresas toman decisiones, hacen sus planteamientos estratégicos más o menos inteligentes y valoran los números. Los números no tienen alma ni corazón y quien los maneja muchas veces tampoco.

Me marché tranquilo a pesar de no encontrar una respuesta a los primeros interrogantes.

No me sentí una víctima, ni tampoco pensé si había culpables.

Por eso te cuento esto ahora, cuando han pasado unos cuantos meses desde que no trabajo para “La Fundación“.

Siento defraudarte si pensabas encontrar morbo, aunque tendrás que llegar hasta el final para ver si cumples tus expectativas.

¿Qué se quedó atrás?

Un magnífico grupo de compañeros que me ayudaron a ser mejor, de los que aprendí y con los que compartí tiempo, risas, ingenio y mucho conocimiento.

Unos colaboradores de primera con los que siempre fue fácil trabajar, siempre dispuestos a arrimar el hombro sorteando las piedras que les echábamos en el camino.

Un puñado de directivos engreídos, mentirosos y meapilas más preocupados en adular al amo que en liderar a su equipo.

Un numeroso grupo de personas cuyo destino laboral está expuesto a la senectud de un ególatra y al servilismo de unos pocos cuyos intereses particulares nada tienen que ver con los del colectivo que dirigen o representan.

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Me fui con unos pocos y buenos amigos y la satisfacción de haber hecho mi trabajo hasta el último instante con toda profesionalidad. Después me tocó iniciar una nueva etapa, y en ella estoy.

Pese a todo y para todos, mis mejores deseos.

¿Por qué no empezar unas vacaciones de 60 días?

Tan solo iba a disfrutar de 2 semanas y media de vacaciones, así que por qué no alargarlas. Por primera vez en más de 35 años podía estirarlas hasta completar el mes y por qué no sumarle otros 30 días extra, al fin y al cabo me los había ganado.

Necesitaba tiempo, a uno no lo despiden todos los días y aunque piensas que puede ocurrir no te preparas para ello. Tenía que asimilar la nueva situación, y también mi familia. Había que pensar en lo ocurrido, pero sobre todo en lo que podía venir a partir de ese momento en el plano profesional, y sobre todo, en el personal.

El primer objetivo después del despido, el del día siguiente, no podía ser otro que tratar de amortiguar el impacto que esta situación podía generar en la familia, eran varios los frentes sobre los que actuar. Cerca de un año y nuevas secuelas ha costado volver a la rutina.

También había que preparar la batalla en los tribunales para reivindicar la dignidad que la empresa pretendía insultar vergonzosamente.

Todo lo demás podía esperar hasta septiembre, fecha en la que comenzó a gestarse este blog y el proyecto que lo acompaña, una nueva forma de vida.

Los daños colaterales de un “despido por causas objetivas”

Desde entonces he tenido que seguir dando de comer a una familia de 3 personas. Reducir el nivel de vida en la misma proporción que los ingresos, en torno a 2/3. Y para serte sincero, pasar muchas noches en vela, dándole vueltas, pensando cómo salir de esta.

Con todo, voy superando con sobresaliente el síndrome de culpa por el despido. Ni víctima ni culpable, ni al principio ni ahora. Siempre he pensado que si alguien debe sentirse víctima es quien toma la decisión.

A pesar de las canas y los años me sigo sorprendiendo:

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¡No sabes qué alegría me dio descubrir que tengo un nuevo poder!

Desde el despido me he convertido en invisible. Sí, en invisible, ahora nadie me ve allá donde pretendo trabajar.

Lo malo es que soy visible para el banco, el seguro, el panadero, el frutero, el farmacéutico, el gas…

Poco a poco estoy aprendiendo un nuevo lenguaje, mejor dicho, qué significan ahora: cualificación, competencias, perfil, marca personal y un largo etcétera de nuevos significados.

El afán por un empleo me ha llevado a ser un asiduo visitante de las empresas de (sin) trabajo temporal, de los buscadores de (des) empleo, de la formación presencial y online o de aquellas que te enseñan hacer el currículum definitivo, el que te abrirá de nuevo las puertas del empleo.

Por ahora soy afortunado. Solo visito al médico de familia para que me siga recetando la pastilla de los triglicéridos, mientras me felicita por no haberme tenido que presentar al psicólogo, al psiquiatra, el dermatólogo y otros profesionales del catálogo.

Te podría enumerar más daños colaterales, que los hay, pero han pasado tres minutos y cuarenta segundos. El minuto y veinte segundos te los dejo para que respondas a las siguientes preguntas.

¿Tienes un plan A si te despiden, y un plan B por si falla el A?

¿Cómo te has sentido al despedir a un compañero, has pensado en los daños colaterales?

Este artículo será efímero en el recuerdo.

¿Y tú puesto de trabajo?

Aprovecha para compartirlo con quien creas que puede interesarle.

Revisión abril-2016

Ha pasado un año desde que escribí este artículo. 17 meses desde que comencé este proyecto y cinco meses desde que me contrataron para otro nuevo. Sigo pobre, pero rico de espíritu, con la conciencia tranquila y trabajando por ser feliz.

Imagen de Pixabay

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